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Manuel Febrillet: sastrería con identidad

Antes de aprender a construir una chaqueta, Manuel Febrillet ya sabía construir mundos. Los imaginaba entre disfraces, murales escolares y vestuarios de baile, cuando la ropa era para él una herramienta de juego y una manera espontánea de dejar salir todo aquello que llevaba dentro. Aquel niño no sabía todavía que estaba comenzando a trazar el camino de su vida; solo sabía que crear le hacía feliz.

El encuentro con un reconocido diseñador dominicano cambió el rumbo de aquella inquietud. Durante años, Febrillet descubrió que detrás de una prenda existía mucho más que belleza: había arquitectura, comportamiento de los materiales, precisión y oficio. La fascinación fue inmediata. La curiosidad infantil encontró entonces una disciplina y terminó convirtiéndose en vocación.

Esa mezcla permanece en su trabajo. La rigurosidad de la sastrería clásica es el punto de partida, pero nunca el límite. Febrillet respeta su estructura y, al mismo tiempo, juega con textiles, caídas y recursos que tradicionalmente han pertenecido a otros territorios de la moda. Su formación inicial junto a la moda femenina afinó precisamente esa sensibilidad hacia los materiales y le permitió llevarlos al vestuario masculino desde una perspectiva propia.

La experimentación, sin embargo, nunca está separada de la emoción. Carmen, una de sus colecciones más personales, nació como un homenaje a su infancia y, especialmente, a su abuela, el ser más importante de su vida. Allí convirtió recuerdos, texturas y sensaciones en prendas. Porque para Febrillet una pieza puede tener una construcción impecable y aun así estar incompleta si no contiene algo de quien la creó.

Su idea de la elegancia parte de ese mismo principio. No busca que el hombre que lleva una de sus piezas se sienta disfrazado, sino exactamente lo contrario: que encuentre en ella seguridad, comodidad y una extensión de su propia personalidad. La técnica, entonces, deja de ser visible para convertirse en sensación.

En 2026, esa filosofía encontró un escenario a la altura de su evolución: los Juegos Centroamericanos y del Caribe Santo Domingo. Integrado al equipo creativo liderado por Alberto Zayas y bajo la dirección de moda y estilismo de Sofía Sanabria, Febrillet asumió el reto de vestir a El Prodigio y a Jandy Ventura.

Para El Prodigio, convirtió dos símbolos naturales dominicanos —la flor de Bayahíbe y el barrancolí— en lenguaje textil. Para Jandy, la moda se transformó en memoria: reinterpretó uno de los trajes icónicos de Johnny Ventura y sumó en la espalda una intervención artística de Angurria con el rostro de don Johnny. Dos piezas que hablaban de naturaleza, música, herencia y país.

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El escenario deportivo exigió, además otra clase de precisión. Las prendas debían sobrevivir a luces intensas, cámaras, movimiento y performance sin perder estructura ni impacto. La sastrería se convirtió así en una especie de ingeniería escénica.

Hoy, Manuel Febrillet mira hacia una etapa de consolidación y expansión. Quiere que su nombre represente excelencia técnica, audacia textil y respeto por el oficio. Pero quizás su aspiración más hermosa sea también la más sencilla: demostrar que las raíces dominicanas pueden vestirse con orgullo, convertirse en lenguaje contemporáneo y viajar mucho más lejos.


Hay historias que no necesitan ser contadas en voz alta para permanecer. A veces basta una textura, un color, una silueta. Manuel Febrillet ha encontrado en la sastrería una manera de hacer precisamente eso: transformar recuerdos, símbolos y afectos en piezas que hablan de nosotros. Su participación en los Juegos Centroamericanos y del Caribe Santo Domingo 2026 llevó ese lenguaje a un escenario internacional, donde la moda se encontró con el deporte, la música y nuestra identidad. En sus manos, vestir deja de ser únicamente una cuestión de estilo para convertirse en memoria, homenaje y orgullo: una forma elegante de decir de dónde venimos.

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