Rosmery Herrand ha construido una comunidad digital desde la espontaneidad, el humor y una personalidad que ha evolucionado junto a su carrera. En esta conversación, la creadora de contenido reflexiona sobre su crecimiento, la autenticidad en redes sociales y los retos de convertir su personalidad en una plataforma de trabajo. También comparte el consejo que le daría a la joven que comenzó este camino.
1- ¿Cómo ha cambiado Rosmery Herrand desde que comenzó en redes sociales hasta la mujer que hoy vemos frente a la cámara?
He cambiado muchísimo. Cuando empecé mi carrera en redes lo hacía desde la intención de entretenerme y que los demás también lo hicieran. Con el tiempo he aprendido a conocerme, a confiar más en quién soy y a no sentir que tengo que encajar en lo que los demás esperan.
También he entendido la responsabilidad que implica hacer contenido y tener una plataforma donde muchas personas te ven y conectan contigo. Para mí, lo más valioso es hacer las cosas desde el corazón, porque realmente me gusten y porque disfruto lo que hago, siempre teniendo presente la responsabilidad detrás de cada personaje, mensaje y contenido que comparto.
Me gusta cuidar los valores que transmito a través de los personajes que interpreto y que, aunque busque entretener, siempre haya algo bonito y positivo que aportar. Hoy me siento mucho más segura, más madura y, sobre todo, más consciente de lo que quiero transmitir. Sigo siendo yo, pero definitivamente soy una versión de mí con más experiencia y propósito, consciente del privilegio de poder hacer lo que amo.




2- Las redes suelen mostrar una versión muy editada de la vida. ¿Qué tanto esfuerzo haces para mantenerte auténtica y mostrar también tu realidad?
Para mí es súper importante no mostrar una vida perfecta porque simplemente no existe. Obviamente, hay cosas que uno decide cuidar y momentos que no necesariamente comparte, pero siempre trato de que lo que muestro sea real y que vaya de acuerdo con quien soy.
También me gusta que la gente vea que detrás de una foto bonita o de un video divertido hay una persona que tiene días buenos, días malos, preocupaciones y momentos normales. Creo que ahí es donde realmente conectamos, cuando dejamos de intentar aparentar que todo es perfecto.
3- ¿Cuál ha sido el mayor reto de convertir tu personalidad y tu día a día en una plataforma de trabajo y exposición pública?
Creo que el mayor reto ha sido aprender a separar un poco a Rosmery, la persona, de Rosmery, la figura pública. Porque cuando tu personalidad es parte de tu trabajo, muchas veces sientes que todo lo que haces puede ser observado o juzgado.
También está el tema de aprender a manejar las críticas y entender que no todo el mundo te va a entender o a estar de acuerdo contigo, y eso está bien. He aprendido a poner límites, a cuidar mi paz y a recordar que las redes son una parte de mi vida, pero no son toda mi vida.
4- Si pudieras hablarle a la Rosmery que estaba comenzando en redes, ¿qué consejo le darías y qué le dirías que nunca cambie?
Le diría que confíe mucho más en ella misma y que no tenga tanta prisa por demostrar nada. Que disfrute el proceso, que sea constante y que no se compare tanto, porque cada persona tiene su propio camino y su propio tiempo.
Y definitivamente le diría que nunca cambie su esencia, su forma de ser y esa espontaneidad.
Quizás ahí está la clave de la evolución de Rosmery Herrand: crecer sin dejar atrás a la persona que comenzó por el simple placer de entretener. Hoy, detrás de cada personaje, cada video y cada proyecto, existe una mujer que entiende que la autenticidad también implica responsabilidad, límites y propósito. Su comunidad ha crecido, su carrera se ha transformado y su mirada sobre las redes ha madurado, pero hay algo que permanece intacto: esa espontaneidad que convirtió su personalidad en su sello.
Porque, al final, más que construir una audiencia, Rosmery ha construido un espacio donde ser ella misma sigue siendo la mejor forma de conectar. Y quizá ese sea el consejo más poderoso que puede dejarle a la nueva generación de creadores: evolucionar todo lo que sea necesario, pero nunca tanto como para dejar de reconocerse frente a la cámara.



