Detrás de una copa puede existir mucho más que una bebida. Puede haber territorio, tiempo, tradición, conocimiento y, sobre todo, una historia. Para este Ronmelier, sommelier y experto en destilados, descubrir ese universo significó también encontrar una nueva manera de comunicar, educar y conectar con las personas.
Su acercamiento al mundo de los destilados no comenzó detrás de una barra. Antes estuvo vinculado a la educación y capacitación en empresas multinacionales y posteriormente incursionó en televisión y animación, experiencias que fortalecieron su capacidad de comunicación y su gusto por compartir conocimientos. Paralelamente, su pasión por la gastronomía, la cocina y la coctelería fue creciendo hasta convertirse en una inquietud profesional.
El punto de inflexión llegó cuando decidió dejar un trabajo estable y comenzar desde cero como bartender. “Cambié el traje corporativo por el delantal de bartender”, recuerda sobre aquella decisión que, aunque parecía arriesgada, terminó marcando el rumbo de su carrera.
Quería aprender haciendo. Conocer los fundamentos, experimentar y luego transmitir ese conocimiento con propiedad. El proceso lo llevó a competir nacional e internacionalmente y a especializarse como sommelier, Ronmelier, experto en destilados y barista, hasta descubrir que el ron era la categoría con la que más se identificaba.
Actualmente se desempeña como embajador de Ron Brugal para República Dominicana, una posición desde la que continúa explorando y compartiendo la cultura del ron dominicano.
Para él, apreciar un destilado requiere algo más que probarlo. Significa observarlo, acercarlo a la nariz, identificar aromas, descubrir texturas y prestar atención a la manera en que evoluciona en el paladar. Es pasar de preguntarse si una bebida gusta o no, a descubrir por qué gusta.


Y en ese ejercicio, la historia importa. Un ron representa mucho más que el líquido contenido en una botella: es materia prima, fermentación, destilación, madera, añejamiento, tiempo, territorio y las personas detrás de cada proceso.
Esta mirada también responde a una transformación en los hábitos del consumidor. Cada vez existe mayor interés por conocer qué se está tomando, de dónde procede, cómo fue elaborado y qué hace especial a una expresión frente a otra. La experiencia comienza a ganar terreno sobre la cantidad.
La gastronomía, los maridajes, la coctelería de autor y las experiencias personalizadas forman parte de esta evolución. El consumidor ya no quiere solamente una bebida; quiere conocer la historia que existe detrás de ella y formar parte de esa narrativa.
Para quienes desean comenzar a educar su paladar, su consejo es sencillo: probar, comparar y mantener la curiosidad. Una buena manera de empezar es elegir una categoría y explorar diferentes expresiones. En el caso del ron, comparar uno blanco, uno añejado y otro de mayor complejidad permite identificar diferencias de aroma, textura, madera, especias y dulzor.
No hace falta contar con un vocabulario sofisticado. Una fruta, vainilla, café, chocolate o madera pueden convertirse en referencias válidas. Incluso los recuerdos personales pueden ayudar a reconocer aquello que sucede en la copa.
También recomienda llevar un registro de lo que se prueba: qué gustó, qué no y por qué. Con el tiempo, esas notas construyen una memoria sensorial propia.
Porque, al final, educar el paladar no consiste en aprender a beber más, sino en aprender a disfrutar mejor. Y quizás ahí reside el verdadero lujo de una buena copa: todo lo que somos capaces de descubrir cuando nos detenemos a apreciarla.



