Fotografía: Wendy Tactuk
La paternidad es una experiencia que crea un antes y un después en la vida de un hombre, pues redefine por completo su manera de ver el mundo. Para Gustavo, el ser padre de tres hijas ha sido su experiencia más transformadora, una que lo impulsa a tomar decisiones con propósito y a vivir con una sensibilidad renovada.
¿Qué significó para usted convertirse en padre y qué es lo más gratificante de la paternidad?
Convertirme en padre fue el momento más transformador de mi vida. Me cambió el chip de inmediato. Recuerdo pensar: “Ahora hay una vida que depende completamente de mí y de mis esfuerzos”. Fue algo muy profundo, difícil de explicar con palabras.
Desde entonces, cada decisión tiene un propósito mayor: acompañar a mis hijas, guiarlas, verlas crecer. Lo que más me cuesta aceptar es lo rápido que pasa el tiempo. En un abrir y cerrar de ojos, aquellas bebas se han convertido en mujeres con criterio, sensibilidad y sueños propios. Lo más gratificante es precisamente eso: acompañarlas en ese proceso.
¿Tiene algún recuerdo especial o anécdota con sus hijas que nos pueda compartir?
Tengo muchos, pero hay algunos que siempre me sacan una sonrisa. Marah y Vera, por ejemplo, compartieron mucho de pequeñas. En nuestra finca de Polo, Barahona, se inventaban “expediciones fantásticas” y volvían con cuentos increíbles. Marah, con su atención al detalle, hacía que uno se sintiera parte de la aventura.
Un día, cuando Vera era muy pequeña, me trajo una piedra y me dijo: “Papi, este es tu regalo, porque tú haces magia con tus manos”. Ese gesto me marcó. Me recordó que los niños valoran más el corazón que ponemos en las cosas que lo material.
Y Renata, la más pequeña, que es como un libro lleno de sabiduría, me animó a caminar con ella hasta el nacimiento de un río del que siempre había oído hablar, pero nunca había visitado por lo difícil del camino. Gracias a ella, lo hicimos y fue una experiencia muy especial.
¿Cómo logra balancear las exigencias de su carrera con el tiempo que le dedica a su familia?
No es fácil, sobre todo hoy, donde todo es inmediato y vivimos con la distracción al alcance de la mano. Se han perdido valores como respetar el tiempo del otro, y a veces parece un lujo desconectarse en horas no laborables. Pero he aprendido que el equilibrio no se encuentra, se construye. Requiere esfuerzo y límites. Creo en la calidad del tiempo, pero aún más en la intención con la que estás presente. Cuando logro estar verdaderamente con ellas, el cariño que recibo no tiene precio.
¿Qué legado le gustaría dejarle a sus hijas?
Quiero dejarles el ejemplo de vivir con propósito y principios. Que entiendan que la paciencia, la perseverancia y la disciplina son claves. Que respeten a los demás y actúen siempre con buenas intenciones y, sobre todo, que no importa cuán lejos lleguen, siempre mantengan los pies en la tierra, el corazón en la familia y la mirada en hacer el bien. Si logro eso, habré cumplido mi misión como padre.
Gustavo Alba. Ingeniero, esposo y padre de tres hijas, nos cuenta su experiencia con la paternidad y cómo consigue el equilibrio entre la vida familiar y laboral.

