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Del autoabandono al amor propio: el movimiento como una forma de volver a elegirse

Durante mucho tiempo, cuidar de sí misma no estuvo entre las prioridades de Dayana Rodríguez. Su historia con el bienestar no comenzó con rutinas exigentes, cuerpos atléticos ni metas de alto rendimiento, sino desde una realidad marcada por la obesidad, el sedentarismo y una vida en la que las responsabilidades fueron ocupando cada vez más espacio.

Fue precisamente al llegar a un punto de agotamiento físico y emocional cuando Rodríguez comprendió que necesitaba hacer un cambio. Sin embargo, el proceso le enseñaría que transformar la relación con el cuerpo no debía partir del rechazo, sino del cuidado y la decisión de volver a elegirse.

Su primer acercamiento al movimiento fue sencillo. Desde la privacidad de su casa comenzó con estiramientos y videos de cardio de bajo impacto. No buscaba completar grandes rutinas ni alcanzar resultados inmediatos. El objetivo era mucho más íntimo: comenzar a cumplir pequeñas promesas personales y demostrar que podía dedicar tiempo a su propio bienestar.

Con el paso del tiempo, esa constancia modificó su relación con el ejercicio y también con ella misma. Actualmente, como educadora bariátrica y coach certificada en Psicología de la Alimentación, Rodríguez sostiene una visión integral del bienestar en la que la actividad física no debe convertirse en un castigo para alcanzar un determinado estándar de belleza.

Desde su perspectiva, sentirse bien con el cuerpo y desarrollar una rutina de movimiento puede fortalecer la relación interna de una persona consigo misma. Cada vez que alguien cumple una promesa que se hizo, explica, puede aparecer una sensación de capacidad y confianza: se demuestra que puede cuidarse, perseverar y responder a sus propias necesidades.

Esta diferencia resulta fundamental. No es lo mismo ejercitarse desde el autocuidado que hacerlo desde la vergüenza, la comparación o la presión social. Cuando el movimiento está asociado al amor propio, puede convertirse en una fuente de satisfacción, confianza y bienestar. En cambio, cuando surge del rechazo hacia el propio cuerpo, existe el riesgo de convertirlo en una forma de castigo y reforzar la idea de que nunca se es suficiente.

Rodríguez también identifica otro fenómeno frecuente, especialmente entre mujeres: el autoabandono. Las responsabilidades relacionadas con el trabajo, la familia, los hijos, la pareja y las obligaciones cotidianas pueden llevar a muchas personas a colocar sus propias necesidades al final de la lista.

En ese contexto, reservar unos minutos para caminar, estirarse o realizar alguna actividad física adquiere un significado que va más allá del ejercicio. Puede convertirse en una manera concreta de reconocer que las propias necesidades también importan.

La transformación, por tanto, no se limita a los cambios que puedan observarse frente al espejo. El cuerpo comienza a ser valorado por todo aquello que permite hacer: caminar, respirar, experimentar, trabajar, compartir, descansar y disfrutar de la vida. La atención deja de concentrarse exclusivamente en el peso o en la apariencia y comienza a dirigirse hacia la capacidad, la funcionalidad y el bienestar.

Los beneficios de mantenerse activo también pueden alcanzar la dimensión emocional. Una mayor sensación de energía, un mejor estado de ánimo, el manejo del estrés y la percepción de capacidad personal forman parte de esa experiencia. Para Rodríguez, uno de los cambios más importantes ocurre precisamente cuando una persona abandona la narrativa del descuido y empieza a construir una mentalidad de cuidado.

En ese proceso, la gratitud ocupa un lugar importante. Reconocer que se está vivo, que se respira y que existe un cuerpo con el cual experimentar el mundo puede modificar la manera en que se entiende el movimiento. Desde esa perspectiva, hacer ejercicio deja de ser una obligación impuesta por la apariencia y puede convertirse en una decisión consciente de bienestar.

La recomendación, entonces, no consiste en comenzar con perfección ni en establecer metas imposibles. El punto de partida puede ser tan sencillo como unos minutos de estiramiento, una caminata o cualquier forma de movimiento que resulte accesible y sostenible.

La experiencia de Dayana Rodríguez plantea una reflexión sobre la manera en que muchas personas se relacionan con sus cuerpos. El bienestar no necesariamente comienza cuando se alcanza determinado peso, talla o apariencia, sino cuando se desarrolla la disposición de cuidar de uno mismo desde el lugar en el que se encuentra.

Porque volver a moverse también puede significar algo más profundo: recuperar la conexión con uno mismo. Y, en ocasiones, el verdadero cambio no comienza con la pregunta de cómo transformar el cuerpo, sino con una mucho más importante: ¿cómo se puede cuidar mejor la vida que ya se tiene?

Ismalay Liranzo
Ismalay Liranzo
Una muchachita vieja que le encanta escribir historias.
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