Fotos: Alejandro Núñez Frómeta ::: Estilismo: Joselo Franjul ::: Vestuario: Massimo Dutti y Zara ::: Maquillaje: Avis Vásquez ::: Peinado: Eudomar Espino ::: Locación: World Trade Center & BlueMall Santo Domingo
Juan Roberto Musa aprendió que crecer no siempre significa avanzar en línea recta. Antes de convertirse en empresario, creador de contenido y en ese “mejor jefe” que hoy inspira a miles, fue empleado, tuvo miedo de fracasar, se equivocó y tuvo que aprender a dominar su propio ego. Hoy, detrás de Global Refriauto y de El Método Musa, construye una visión de liderazgo que va mucho más allá de los resultados: habla de personas, propósito y de la responsabilidad de transformar vidas. En esta conversación, Musa se aleja de los titulares para mirar hacia adentro: sus raíces, las experiencias que lo cambiaron, los sueños que todavía lo desvelan y ese legado que espera dejar mucho después de que su nombre deje de estar al frente.
R: Hoy muchas personas te conocen como “el mejor jefe”, pero antes de convertirte en ese referente hubo un Juan Roberto que se equivocó, perdió, dudó y tuvo que reinventarse. ¿Qué versión de ti tuviste que dejar atrás para convertirte en el hombre que eres hoy?
JRM: Tuve que dejar atrás una versión de mí que estaba desesperada por crecer rápido. Con el tiempo entendí que las cosas importantes toman tiempo y que uno necesita paciencia para aprender y madurar en cada posición que ocupa.
También tuve que perder el miedo a fracasar. Durante mucho tiempo quise mantenerme en la seguridad de ser empleado porque le temía a la incertidumbre, a equivocarme y a que las cosas no salieran bien. Para emprender, tuve que aceptar que el fracaso no era el final, sino parte del proceso.
Además, he tenido que enfrentar cosas que no se me dan bien de manera natural, como hablar en público o exponerme frente a una cámara. He aprendido a hacerlas aun con miedo, con preocupación y sintiéndome incómodo. Mi determinación ha tenido que ser más fuerte que mis limitaciones.
Tuve que dejar atrás el ego, porque el ego nos hace creer que merecemos más de lo que estamos recibiendo, nos cierra puertas y nos impide escuchar. También tuve que trabajar mi impulsividad y mi temperamento para evitar tomar decisiones desde la emoción. Antes podía pensar que yo tenía la razón; hoy escucho a mis mentores y a personas de confianza, comparo distintos puntos de vista y luego decido.
Finalmente, tuve que dejar de perseguir el dinero como si fuera el propósito principal. Entendí que el dinero es una consecuencia de hacer bien las cosas y que no necesariamente garantiza la felicidad. Y también aprendí que el progreso no siempre es una línea ascendente: a veces avanzar implica caer, detenerse, aprender y volver a levantarse. Aceptar eso también ha sido parte de convertirme en el hombre que soy hoy.


R: Tu historia comenzó mucho antes de las redes, los escenarios y El Método Musa: hubo 14 años siendo empleado y luego una marquesina que se convirtió en el punto de partida de Global Refriauto. Cuando miras hacia ese Juan Roberto que decidió comenzar prácticamente desde cero, ¿qué crees que él tenía que tú nunca quieres perder?
JRM: Aquel Juan Roberto sabía reducir su estilo de vida sin reducir sus sueños. Podía quedarse sin vehículo, dejar de viajar, renunciar a ciertas comodidades y amanecer trabajando en el taller sin sentirse menos por eso. Entendía que bajar económicamente no significaba bajar como persona.
Tenía la capacidad de adaptarse, resolver y hacer los sacrificios que exigiera el momento, pero sin perder de vista hacia dónde quería llegar. Mientras enfrentaba las limitaciones del presente, ya estaba pensando en cómo hacer las cosas de una manera diferente y transformar una industria completa.
Y había algo todavía más importante: su obsesión por servir. Aun cuando teníamos poco, yo quería que el cliente recibiera mucho. Esa capacidad de sacrificarme sin victimizarme, de soñar aun en la escasez y de servir por encima de las expectativas es lo que nunca quisiera perder.
R: Hay algo poderoso en la manera en que hablas de liderazgo: no desde la perfección, sino desde tus propios errores. ¿Cuál ha sido la lección que más te ha dolido aprender como jefe y que, paradójicamente, terminó transformando para siempre tu manera de liderar?
JRM: Durante mis años como empleado llegué a dirigir un departamento que obtenía resultados extraordinarios. Éramos productivos, cumplíamos las metas y nos destacábamos dentro de la empresa. Sin darme cuenta, ese éxito comenzó a emborracharme de ego: dejé de escuchar con humildad, menosprecié el aporte de otras áreas y llegué a creer que los resultados de mi departamento eran los únicos que realmente importaban.
La lección más dolorosa fue comprender que mi departamento podía estar ganando mientras la empresa estaba perdiendo. Entendí que un buen líder no compite contra los demás equipos de su propia organización ni busca demostrar que su área es la mejor; conecta esfuerzos para que todos avancen hacia un mismo propósito.
Aprenderlo antes de convertirme en gerente general y, posteriormente, en empresario, transformó mi forma de liderar. Hoy les enseño a mis líderes que ningún departamento triunfa por separado: la única victoria verdadera es aquella en la que gana la empresa completa.


R: Detrás del empresario, del creador de contenido y del hombre que hoy inspira a otros, ¿quiénes son las personas, historias o experiencias que han moldeado tu manera de mirar la vida? Y si pudieras sentarte una noche a conversar con una de esas personas, ¿qué le preguntarías?
JRM: Mi manera de mirar la vida se construyó entre dos grandes escuelas: el ejemplo y la fragilidad.
La primera comenzó en mi casa. Como hijo mayor, tuve el privilegio de acompañar de cerca a mis padres mientras construían su camino profesional desde abajo. No solo vi sus resultados; vi el proceso, los sacrificios, las decisiones difíciles y la manera en que fueron creciendo paso a paso.
También aprendí observando a familiares que enfrentaron circunstancias muy distintas y cuyas decisiones, acertadas o no, terminaron dejándome enseñanzas.
A los 18 años llegué a otra escuela: Industrias Nacionales, C. por A. (INCA). Allí trabajé junto a grandes profesionales que aportaron muchísimo a mi formación personal y profesional. Entre ellos, Carlos Valiente, a quien considero uno de mis mentores. Esa experiencia me permitió entender muy temprano que el conocimiento técnico puede abrirte puertas, pero son el carácter, la actitud y la capacidad de tomar buenas decisiones los que determinan hasta dónde llegas.
La otra escuela fue más dolorosa. El cáncer de mi esposa, mi tumor cerebral, la enfermedad de mi hijo cuando tenía cinco años y la pérdida prematura de amigos y familiares me enseñaron que la vida puede cambiar en un instante. Desde entonces trato de no confundir lo urgente con lo verdaderamente importante.
Si pudiera sentarme una noche a conversar con uno de mis mentores, no le preguntaría cómo producir más ni cómo ganar más dinero. Le preguntaría: ¿cómo se aprende a tomar la decisión correcta cuando las emociones están gritando lo contrario? Porque con los años he entendido que las decisiones más importantes de la vida no dependen solamente de cuánto sabes, sino de cuánto dominio tienes sobre ti mismo.
R: Tu filosofía habla mucho de construir una vida y una empresa donde las personas quieran quedarse. Pero cuando nadie está mirando, ¿qué significa para ti personalmente “éxito”? ¿Qué tendría que haber en tu vida para que, algún día, puedas decir: “lo hice bien”?
JRM: Para mí, el éxito es que otras personas puedan vivir mejor porque yo existí. Es transformar vidas, abrir oportunidades que quizá nunca habrían llegado y ayudar a alguien a descubrir que también puede aspirar a una realidad diferente. Pero mi definición de éxito también atraviesa tres generaciones. Es mirar hacia atrás y sentir que honré el esfuerzo de mis padres; que pueden verme con orgullo y tranquilidad, sabiendo que formaron a un hombre capaz de caminar por sí mismo. Y es mirar hacia adelante y lograr que mis hijos crezcan con valores, propósito y la capacidad de construir sus propias vidas, aun cuando yo ya no esté para guiarlos.
Algún día podré decir “lo hice bien” si mantuve unida a mi familia, transformé la vida de otras personas y llegué a la vejez con salud, dignidad e independencia. No quiero medir mi éxito solamente por lo que acumulé, sino por lo que disfruté, por las personas que ayudé y por quienes pudieron continuar sin mí gracias a lo que sembré en ellos.


R: Has construido empresas, una comunidad y ahora un método que lleva tu apellido. Si el dinero, los números y los reconocimientos dejaran de importar mañana, ¿qué sueño seguiría intacto? Ese que quizás todavía no has contado porque te parece demasiado grande.
JRM: Mi sueño intacto es que la empresa se convierta en un puente para que las personas que crecen conmigo puedan cambiar la historia económica de sus familias. Después de haber viajado juntos y compartido tantas primeras experiencias, quisiera acompañar a esos jóvenes comprometidos, que cada día dan la milla extra, hasta que puedan adquirir su propia vivienda.
No sueño con regalarles una casa; sueño con ayudarlos a construir una vida en la que puedan tener la suya. Que su trabajo, disciplina y permanencia les permitan pasar de vivir con limitaciones a dejarles a sus familias estabilidad, seguridad y patrimonio. Quizá sea un sueño difícil de alcanzar, pero pocas cosas me harían sentir más realizado que ver a quienes estuvieron cerca de mí abrir la puerta de su propio hogar. Porque el impacto verdadero no es que recuerden cuánto creció mi empresa, sino cuánto pudieron crecer sus vidas dentro de ella.


R: Y pensando en ese día en que ya no seas tú quien esté al frente, sino que otros continúen lo que comenzaste: ¿qué quisieras que dijeran de Juan Roberto Musa quienes trabajaron contigo, quienes te conocieron y quienes simplemente se cruzaron con tu historia? En una frase, ¿cuál quisieras que fuera tu legado?
JRM: Quisiera que dijeran que nunca me conformé con jugar el juego, sino que viví buscando maneras de cambiarlo. Siempre he sentido la inquietud de cuestionar cómo se hacen las cosas, encontrar una forma distinta y transformar radicalmente cualquier espacio al que pertenezco.
Pero mi legado más importante no sería haber transformado una industria, sino haber transformado personas. Especialmente aquellas a quienes la educación formal no les abrió todas las puertas. Por eso he invertido tiempo, recursos, formación y experiencias en ampliar su mentalidad, porque cuando una persona aprende a pensar diferente también comienza a decidir diferente.
Mi mayor satisfacción sería que ese conocimiento no terminará en la empresa, sino que llegará con ellos a sus hogares, cambiará el rumbo de sus familias y, con el tiempo, aportará a construir un mejor país.
En una frase, quisiera que mi legado fuera: “No se conformó con cambiar el juego; lo cambió para que otros pudieran cambiar sus vidas”.
Confesiones íntimas de Musa
Un libro… “La meta” (“The Goal”), de Eliyahu M. Goldratt y Jeff Cox.
Una persona… Mi padre.
Una frase inspiradora… “Es más importante valer que tener”.
Un lugar… Puerto Plata.
Un líder es… Quien no crece solo, sino que todo su equipo crece junto con él y es capaz de transformar vidas en el camino al éxito.
Un color… Negro.



