InicioRitmo PersonalBitacoraEn el templo del tiempo; Nara la cuna sagrada de Japón

En el templo del tiempo; Nara la cuna sagrada de Japón

La magia de las ciudades reside en sus raíces; esos elementos auténticos de sus inicios y esta mágica ciudad nipona parece suspendida en el tiempo. Nara pertenece a esta segunda categoría, esa clase de lugares donde el tiempo no parece transcurrir de manera lineal, sino en capas, como si el siglo VIII y el presente coexistieran sin fricción. 

Antes de que Kioto heredara el título de capital cultural de Japón, fue Nara quien llevó este nombre, entre los años 710 y 784, bajo la designación de Heijō-kyō, esta ciudad fue el corazón político y espiritual del país, el punto donde el budismo importado desde China y Corea echó raíces definitivas en suelo japonés.

De ese periodo fundacional queda un legado que hoy resulta casi inabarcable: ocho monumentos entre ellos los templos Tōdai-ji, Kōfuku-ji, Yakushi-ji, Tōshōdai-ji y Hōryū-ji, además del santuario Kasuga y los restos del Palacio Heijō fueron declarados Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1998. No se trata de ruinas dispersas, sino de un tejido urbano donde lo sagrado sigue teniendo función activa, no solo valor arqueológico.

Templo en Nara, Japón

El símbolo más contundente de esa herencia es el Daibutsu, el Gran Buda de bronce que reposa en el interior del Tōdai-ji, dentro de lo que continúa siendo una de las estructuras de madera más grandes del planeta. Caminar hacia él, atravesando el Nandaimon una puerta del siglo XII custodiada por dos feroces guardianes nio, produce una sensación de pequeñez deliberada, casi litúrgica: así fue diseñado el recorrido hace más de mil años, y sigue funcionando exactamente igual.

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Pero lo verdaderamente singular de Nara no reside únicamente en su arquitectura, sino en un detalle que la distingue de cualquier otra ciudad histórica del mundo: sus ciervos. Cerca de mil doscientos ejemplares de ciervo sika circulan en libertad por el Parque de Nara, considerados desde el sintoísmo antiguo como mensajeros divinos, protegidos durante siglos por decreto. No son atracción de zoológico ni espectáculo domesticado: son fauna sagrada que ha aprendido, con el paso de las generaciones, a inclinar la cabeza ante quien les ofrece una galleta senbei. Ese gesto mitad reflejo aprendido, mitad cortesía casi humana condensa algo esencial de Japón: la delicadeza ritual instalada incluso en lo cotidiano.

Entrada del Templo en Nara

Al caer la tarde, cuando los grupos turísticos empiezan a dispersarse, vale la pena perderse en el santuario Kasuga Taisha, fundado en el año 768, donde más de tres mil farolillos de piedra y bronce muchos cubiertos de musgo centenario flanquean los senderos entre cedros centenarios. Dos veces al año se encienden todos a la vez, y el efecto es menos turístico que casi onírico.

Las Calles de Nara en Japon

Nara no exige prisa ni itinerarios ambiciosos. A diferencia de Kioto, su vecina más célebre, conserva una escala humana, caminable, donde el barrio comercial de Naramachi con sus casas de mercaderes reconvertidas en cafés y talleres artesanales ofrece un contrapunto íntimo a la monumentalidad de los templos. Visitarla es, en cierto sentido, un ejercicio de humildad histórica: recordar que antes de que existiera el Japón que el mundo reconoce hoy, hubo una ciudad que lo imaginó primero.

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