Cada inicio de año trae consigo la promesa de cambio: nuevas metas, hábitos más conscientes y el deseo colectivo de sentirnos mejor en nuestra propia piel. En ese escenario, la voz de la psicóloga clínica Alicia Lombardero resulta imprescindible para comprender cómo la salud mental, la relación con la comida y la imagen corporal se entrelazan con nuestras expectativas de transformación. Desde una visión informada y humanista, nos invita a replantear esos propósitos para que el bienestar no sea una meta efímera de enero, sino un camino sostenible en el tiempo.
“Todos merecemos vivir en paz con nuestro cuerpo”
Entrevista. Joel Peralta Fotografia. Alex González Estilismo. Joselo Franjul Vestuario. Mango RD Accesorios. Bimba y Lola Peinado. Elimet Bernabel @bermerhair. Maquillaje. Angel Tejeda Locación. Parque Iberoamerica.
En la actualidad, la conversación sobre salud mental, alimentación y cuerpo adquiere mayor visibilidad. Por eso, la perspectiva de Alicia, como profesional en el área, es una voz necesaria para desmontar mitos, acompañar procesos y abrir espacios de reflexión. Por su especialización en trastornos de la conducta alimentaria, su trabajo combina ciencia, sensibilidad y una comprensión profunda del vínculo entre mente, emociones y alimentación, un tema que atraviesa silenciosamente la vida de miles de personas.


Ritmo: Desde muy joven, ciertas carreras parecen llamar más fuerte que otras. ¿Cuándo descubrió que la psicología era el camino que quería seguir profesionalmente y por qué especializarse en trastornos de conductas alimentarias?
Alicia Lombardero: Desde que estaba en la primaria sabía que quería estudiar algo relacionado con la salud y el servicio. Durante muchos años pensé que iba a ser medicina, pero, a medida que fui creciendo, me di cuenta de que había sacrificios propios de esa carrera que no estaba dispuesta a asumir.
En ese proceso fui conociendo la psicología, y me pareció una ciencia que respondía muchas de las preguntas que siempre tuve sobre el comportamiento humano, la cognición y las emociones. Me generaba muchísima curiosidad y la sentía profundamente interesante.
En mi familia no hay psicólogos y de niña tampoco fui a terapia, así que no fue algo heredado ni aprendido desde la experiencia directa; más bien, lo sentí como un llamado. Hoy en día no me imagino haciendo otra cosa que no sea ejercer como terapeuta. Amo mi carrera, el conocimiento que me ha brindado y el acompañamiento humano que me permite ofrecer.
“La industria de las dietas y la belleza ha logrado instalar la idea de que nuestro cuerpo nunca es suficientemente bueno y que debemos estar en una lucha constante por cambiarlo”.
R: La vocación también se nutre de la vida privada. ¿Cómo describiría el ambiente en el que creció y qué cree que heredó de él?
AL: Crecí en una familia con padres muy aventureros y valientes. Siempre disfrutaban armar viajes, conocer playas o campos nuevos, montar four wheel, caballo o bicicleta. Mi infancia estuvo llena de actividades al aire libre, diversión y tiempo de calidad en familia, muchas veces en lugares sin señal de teléfono, donde lo único que teníamos era nuestra compañía y la creatividad para pasarla bien juntos.
Por parte de mi familia paterna heredé el amor por la comida más allá de la nutrición: como un acto de amor, cultura, tradición y encuentro. Mis abuelos disfrutaban cocinar para sus nietos, y, hasta el día de hoy, no he probado platos más ricos que los que ellos preparaban. Recuerdo con mucho cariño las filloas de mi abuelo y los guandules de mi abuela. Ese amor por la cocina continúa hoy en mi papá y mi hermano, quienes suelen encargarse de las comidas familiares.
Mi mamá es una mujer sumamente independiente y valiente. De ella aprendí muchas habilidades prácticas que me han servido en el día a día y que me hacen sentir funcional y preparada para enfrentar lo que venga. Gracias a todo lo que aprendí de ella, la experiencia de vivir sola y fuera del país fue mucho más llevadera.


R: ¿Cómo definiría la relación entre mente, alimentación y emociones desde la psicología clínica?
AL: La alimentación tiene un componente básico de supervivencia: necesitamos la energía de los alimentos para vivir. Pero va mucho más allá de eso. Comer también activa sistemas neurobiológicos relacionados con el placer y la regulación emocional. Además, todo lo que rodea el acto de comer influye en nuestra salud mental: la compañía, la conversación, el entorno, el tomarnos una pausa. No se trata solo de nutrientes, sino de experiencia.
Cuidar el aspecto nutricional es fundamental, pero también lo es la satisfacción y el placer. Cuando comemos con intención, respetando nuestras necesidades físicas y emocionales, la alimentación puede convertirse en un ritual profundamente beneficioso tanto para la mente como para el cuerpo.
“En mi familia no hay psicólogos y de niña tampoco fui a terapia, así que no fue algo heredado ni aprendido desde la experiencia directa; más bien, lo sentí como un llamado”.
R: Vivimos en una época donde la imagen corporal es moldeada por algoritmos. ¿Cuánto influye hoy Instagram, TikTok y la cultura digital en el malestar corporal?
AL: Influyen muchísimo. La imagen corporal es la forma en que percibimos, experimentamos y nos sentimos en nuestro propio cuerpo. No nacemos con una imagen corporal formada; esta se construye a partir de los mensajes que recibimos a lo largo de la vida: lo que vemos en redes sociales, la publicidad, los comentarios sobre otros cuerpos, las creencias familiares y culturales.
Si tomamos en cuenta la cantidad de tiempo que la mayoría de las personas pasa en redes sociales, entendemos que pueden convertirse en una fuente constante de mensajes que favorecen o perjudican nuestra relación con el cuerpo y la comida. La buena noticia es que no somos indefensos ante las redes sociales. Podemos detenernos, reflexionar y decidir qué contenidos están afectando negativamente nuestra salud mental, y tomar acciones concretas como silenciar o dejar de seguir cuentas que no nos hacen bien.


R: En la actualidad se está enalteciendo el regreso a la extrema delgadez y figuras superesbeltas en el mundo del espectáculo. ¿Cómo esta incidencia puede afectar la mentalidad de las masas?
AL: El culto a la delgadez no es nuevo; siempre ha existido. En algún momento, movimientos como el “body positivity” lograron opacarlo parcialmente, pero en los últimos años ha regresado con mucha fuerza.
Es importante aclarar que delgadez no es sinónimo de salud. Muchas personas pierden peso mediante prácticas poco saludables, y en ocasiones los ideales estéticos promueven niveles de delgadez que ni siquiera permiten un funcionamiento físico y mental adecuado. Esta presión impacta directamente a la población general y puede llevar a dietas extremas, uso indiscriminado de medicación y conductas de riesgo para perder peso. Esto es peligroso para cualquier persona, pero especialmente para quienes tienen vulnerabilidad a desarrollar un trastorno de la conducta alimentaria.
R: Cada enero aparecen listas de metas, dietas, détox y promesas de cambio. ¿A qué responde ese impulso colectivo de empezar el año con la meta de bajar de peso?
AL: La industria de las dietas y la belleza ha logrado instalar la idea de que nuestro cuerpo nunca es suficientemente bueno y que debemos estar en una lucha constante por cambiarlo. En enero, esta presión se intensifica con anuncios, promociones y mensajes que refuerzan la insatisfacción corporal. Muchas personas vuelven a caer en esta trampa porque no se sienten cómodas con su cuerpo. Y lo llamo una trampa porque rara vez funciona a largo plazo. Es confrontativo preguntarnos: ¿cuántos eneros hemos empezado una nueva dieta o un nuevo plan?
Y no, no se trata de tirar la toalla con nuestro cuerpo, sino de cambiar el enfoque: trabajar en hábitos sostenibles, avanzar poco a poco hacia un peso posible y realista, que permita salud física y emocional, balance y calidad de vida.


R: La psicología bariátrica es un campo en expansión. ¿En qué momento empieza a ser imprescindible el acompañamiento psicológico en un proceso bariátrico?
AL: En nuestro país, desde hace unos cinco o seis años, he notado cómo los cirujanos han ido incorporando cada vez más al psicólogo dentro del equipo multidisciplinario.
A nivel global, la evidencia muestra que la cirugía bariátrica puede ser una herramienta efectiva para el candidato adecuado. Y parte fundamental de determinar esa idoneidad recae en la evaluación psicológica.
Se valoran aspectos como la adherencia a indicaciones, la motivación, las expectativas, el uso de sustancias, la presencia de trastornos de la conducta alimentaria y el estado de ánimo. Estas variables son clave para determinar si la cirugía será realmente un método beneficioso y sostenible para esa persona.
R: Todo nuevo proceso implica decisión. ¿Qué suele motivar a una persona a iniciar terapia enfocada en la relación con su cuerpo o con la comida?
AL: Muchas personas buscan ayuda cuando se dan cuenta de que su relación con la comida o el cuerpo está afectando su funcionalidad: su vida social, laboral, de pareja, familiar o académica.
En otros casos, es un ser querido quien impulsa el iniciar un proceso terapéutico al notar conductas preocupantes. También están quienes llegan cansados de hacer dietas, de luchar con su cuerpo o de vivir en constante insatisfacción.
Es importante aclarar que no hay que esperar a “estar lo suficientemente mal” para ir a terapia. Mientras antes se inicie el proceso, mejor es el pronóstico de recuperación.
Todos merecemos vivir en paz con nuestro cuerpo y con la comida, dos elementos que nos acompañan todos los días de nuestra vida.


“La imagen corporal es la forma en que percibimos, experimentamos y nos sentimos en nuestro propio cuerpo. No nacemos con una imagen corporal formada; esta se construye a partir de los mensajes que recibimos a lo largo de la vida”.
R: En los últimos años el uso de productos como Ozempic se ha vuelto viral para bajar de peso y existe el debate de si es usado más por indicación médica o por presión estética. ¿Cómo describiría este fenómeno desde su perspectiva profesional y qué dicen realmente los estudios sobre el uso de ese fármaco para adelgazar?
AL: Desde mi perspectiva, el uso masivo de estos medicamentos responde más a presión estética que a una necesidad médica real. En mi opinión profesional, no todas las personas que los utilizan son candidatos adecuados.
En consulta y en mi entorno cercano veo con frecuencia el uso de estos fármacos sin indicación ni acompañamiento médico. Para muchas personas que han vivido en lucha constante con su cuerpo, estos medicamentos aparecen como una solución llamativa a su “problema”.
Es preocupante ver cuántas personas están dispuestas a tolerar efectos secundarios incómodos o asumir riesgos para su salud con tal de perder peso. Este enfoque requiere una reflexión profunda y más responsabilidad enfocada en la salud de manera integral.
Más allá de estar a favor o en contra del medicamento, creo que la conversación debería centrarse en para quién es, en qué contexto y con qué acompañamiento. Hacerlo diferente implica priorizar la salud física y mental, el criterio clínico y el respeto por la historia corporal y emocional de cada persona, entendiendo que ningún fármaco puede (ni debe) sustituir un abordaje ético y sostenible.


R: Muchos pacientes describen el momento de “inicio” como un choque entre lo que desean para sí mismos y lo que creen que son capaces de lograr. ¿Cómo se acompaña ese tránsito entre deseo y posibilidad sin invalidar la frustración?
AL: En los trastornos de la conducta alimentaria es muy común recibir pacientes que desean mejorar, pero que al mismo tiempo sienten un miedo intenso hacia el proceso terapéutico. Esto ocurre por varias razones: las conductas se han vuelto parte de su cotidianidad, ofrecen una falsa sensación de control, y existe temor a mejorar la relación con la comida y/o alejarse de los ideales de belleza impuestos.
El acompañamiento implica validar ese miedo y esa ambivalencia, sin reforzar las conductas que mantienen el problema, ayudando al paciente a avanzar a un ritmo posible y seguro.
R: El porvenir profesional siempre se construye desde la intención. ¿Qué planes o proyectos le gustaría desarrollar en los próximos años dentro de su área?
AL: A largo plazo, sueño con crear en nuestro país un centro especializado en trastornos de la conducta alimentaria que cuente con un equipo interdisciplinario completo: psicología, nutrición, psiquiatría, fisioterapia, entre otros. Actualmente, el abordaje de estos casos se vuelve muy complejo cuando no existe un espacio que integre todos estos servicios de manera coordinada.
Mi objetivo es que sea un centro accesible y no un lujo, porque los TCA son la segunda enfermedad mental con mayor tasa de mortalidad y requieren atención especializada.
A corto plazo, quiero seguir fortaleciendo mi presencia en redes sociales. Aunque no es un tema nuevo, sigue siendo tabú para muchas personas. Desde ahí intento ser una voz que promueva el respeto al cuerpo, el trabajo en la autoestima y una relación más neutral y sana con los alimentos.
R: Finalmente, la conversación pública sobre salud mental está más abierta. ¿Cree que veremos cambios positivos sobre el hablar de salud mental y cuidar nuestras emociones en los próximos cinco años?
AL:Eso espero. Sin embargo, es fundamental recordar que la psicología y la psiquiatría son ciencias. Por lo tanto, la información debe ser comunicada de manera responsable por profesionales capacitados.
La salud mental no se reduce a frases bonitas o mensajes motivacionales. Es importante tener criterio con los contenidos que consumimos en redes sociales y diferenciar entre divulgación seria y mensajes que pueden banalizar o distorsionar temas delicados.


Confesiones Íntimas
Un libro…
“Amarse con los ojos abiertos”.
Un artista…
Miguel Bosé.
Una canción…
Para cantar: “Como un lobo”; para deleitarme: “Comptine d’un autre été: L’après-midi” (Soundtrack de “Amelie”).
La familia…
Protección.
Un destino soñado…
Japón, Croacia, Noruega y puedo poner más… amo conocer el mundo.
Un autor…
Jorge Bucay.
Té o Café…
Café mil veces.
Terapia presencial o virtual…
Ambas tienen sus beneficios.



