Entrevista: Joel Peralta ::: Fotografía: Silverio Vidal
Mariano Briceño concibe el desarrollo más allá de cifras o metros cuadrados; para él, construir es un acto de retribución a la tierra y a la comunidad que lo formaron. Ingeniero industrial de formación, encontró en la gerencia integral de procesos una filosofía de vida que le permite ver cada proyecto como algo más que estructuras, entendiendo la construcción como la creación de espacios con valor económico, social y humano. En su visión, la verdadera belleza de construir está en el tejido invisible que une a las personas y convierte un terreno en un lugar donde florece una comunidad.
Un viaje hacia la armonía
La historia de Bricket, empresa fundada en 1976 en Venezuela, se enlaza con la propia vida de Briceño. Cuando decidieron expandirse a otros territorios, un recorrido por Iberoamérica los llevó a descubrir República Dominicana, donde se establecieron en 2002. No fue solo una decisión estratégica: fue el enamorarse de la calidez de la gente y la promesa de un país que comenzaba a caminar hacia el desarrollo inmobiliario.
Ese encuentro no estuvo exento de contrastes culturales –“el ahora y el ahorita”, recuerda entre risas–, pero con paciencia y respeto aprendieron a integrar las diferencias. Lo esencial estaba ahí: la posibilidad de aportar belleza a través de proyectos que conjugan progreso y comunidad. En Punta Cana, por ejemplo, su nuevo proyecto, Araya, ha sido reconocido por el Banco Mundial como el primero en República Dominicana con certificación EDGE preliminar de sostenibilidad.
Para Briceño, cada iniciativa es una oportunidad de escribir una historia distinta con la naturaleza como aliada. Lo demuestra Caroní, su primer complejo certificado como sostenible en el país, donde la arquitectura dialoga con el clima y el sol, las aguas residuales se purifican antes de regresar a la tierra, y por cada vivienda se planta un árbol. Allí, la belleza no se mide solo en fachadas modernas, sino en la sombra de un árbol nuevo, en el agua que vuelve limpia a la naturaleza, en la sonrisa de los vecinos que aprenden a convivir como una comunidad organizada.
Donde se vive mejor que en metros cuadrados
Quizás la mayor innovación de Briceño no esté en la tecnología –aunque ha incorporado sistemas como BIM y procesos de construcción inteligente–, sino en la noción de que él no vende casas, calles o ventanales, sino espacios donde la gente pueda vivir mejor. Ese es el verdadero lujo: sentirse parte de una comunidad que progresa unida, con reglas claras, valores compartidos y la promesa de que la inversión de cada familia se revaloriza en el tiempo.
En un mundo donde la inmediatez muchas veces borra la esencia, él apuesta por lo duradero, por lo que trasciende. Su visión de sostenibilidad no se limita al medioambiente: incluye la continuidad familiar, empresarial y social. Con orgullo, habla de cómo sus hijos y su equipo se sienten parte de esta misión común de innovar sin perder el sentido humano.
“Quiero ser recordado como un promotor de desarrollo, como alguien que ayudó a hacer mejor la tierra y mejor la sociedad”, confiesa. Su legado, sin embargo, ya está en marcha: está en cada comunidad que florece bajo su liderazgo, en cada árbol que da sombra, en cada familia que encuentra en un espacio Bricket algo más que paredes y techos: un lugar donde vivir con belleza, dignidad y esperanza.



