Fundadora del Grupo Puntacana y socia de Oscar de la Renta, Haydée Kuret de Rainieri ha entrelazado su historia con la del diseñador que llevó la elegancia dominicana al mundo. En este encuentro íntimo, comparte memorias, afectos y la huella perdurable que él dejó tanto en Puntacana como en su propia forma de ver la belleza.
Usted y Don Frank han sido pilares en la historia de Puntacana, y Oscar de la Renta fue parte esencial de esa visión de belleza y autenticidad. ¿Cómo recuerda el primer encuentro, o el momento en que comenzó su relación con él? Es una historia graciosa. Estábamos en NY con unos amigos cuando Frank recibió en el hotel una llamada de Oscar de la Renta, diciéndole que quería venir a Puntacana y conocerle. Pensó que se trataba de una broma de uno de los amigos que nos acompañaba, hasta que su secretaria le llamó para decirle que Oscar de la Renta había llamado para hablar con él, y ella le dijo dónde estábamos. Y muy apurada, le contó que primero había llamado a la casa, y la persona del servicio que le había transferido la llamada simplemente le dijo que Oscar llamaba a “Don Frank”. Por la confianza con que habló de “Oscar”, ella supuso que se trataba de Oscar Imbert, por lo que al tomar llamada, le dijo: “Hola Chuchi”.
Pero ahí no terminó. El día que llegó a Puntacana con un amigo (Julio Iglesias), luego de un sobrevuelo en helicóptero para ver la propiedad, Frank me llamó para ir a comer en la playa y yo, que no estaba muy convencida de que estas dos figuras vinieran a Puntacana porque cambiarían la informalidad del resort, le dije que tenía mucho trabajo y no podía ir. Desde “maleducada” hasta “usted baja ahora mismo a la playa” fue mi “boche”. Luego del almuerzo, fuimos en camioneta por la playa, y nos “enchivamos”, y todos tuvimos que empujar la camioneta. Oscar preguntó si teníamos disponibilidad para quedarse y, por supuesto, le dijimos que sí y lo hospedamos en la villita al lado nuestra. Aunque reconozco que ya en el almuerzo, Oscar me había “caído muy bien”, lo cierto es que la conexión se dio cuando, cenando en “La Yola”, comenzamos a cantar con el trío. Y así inició una gran amistad que se fortaleció con el trato y perduró hasta su partida.




Quienes lo conocieron dicen que su presencia transformaba los lugares. ¿Hubo algún gesto, conversación o momento con Oscar que haya dejado una huella especial en usted, o en la forma en que concibe la hospitalidad en Puntacana? Oscar era una persona cálida e informal y, al mismo tiempo, distante y muy formal. Lo mismo saludaba efusivamente que de manera profesional y podía andar en Puntacana con un short desteñido y un polo con algún agujerito, que con su chacabana blanca impecable. Disfrutaba por igual una recepción con reyes que un juego de dominó con Fernando Soler y Junior, su constructor. Recuerdo una vez que fue invitado a la Casa Blanca y, estando en Puntacana, partió en avión privado, pero como quería seguir jugando dominó, invitó a Fernando Soler (el ex-bolerito), Junior (su constructor) y a Juanchy Zorrilla (arquitecto) a que fueran con él en el avión para jugar. Creo que su mayor cualidad era la adaptación al tiempo y el lugar. Un gran camaleón. Era un gran anfitrión, el mejor que he conocido. Y sí, su sello sigue presente en nuestro resort, sobre todo en la Casa Club y en el hotel Tortuga Bay, que decoró con entusiasmo y pasión. A mí, me enseño que la elegancia está en la simplicidad y el uso adecuado de los elementos. Todavía hoy voy a esos dos lugares y siento la presencia de Oscar.


Si tuviera que describir en sus propias palabras quién fue Oscar de la Renta para usted —más allá del diseñador, del amigo o del símbolo—, ¿qué diría que representó en su vida y en la historia que han construido en Puntacana? Oscar fue un gran ser humano que vivió a plenitud y supo disfrutar de cada momento de su vida. Era amigo de sus amigos, sensible ante los más necesitados y fiel amante de su país. En ocasiones podía parecer altanero o distante, pero creo que, más que nada, eran momentos de abstracción. Era refinado y, al mismo tiempo, simple. Elegante y lleno de vida. Disfrutaba el jardín, las reuniones con amigos, la comida criolla (tanto o más que la refinada), encajaba en escenarios diversos y era un gran anfitrión. Para mí fue no solo un amigo, sino también un maestro. Con él aprendí a ver las cosas desde otro ángulo, a dar importancia no solo al fondo y a la forma sino también a la apariencia, a la proyección de la imagen. Y, de alguna manera, cambió nuestra historia en Puntacana porque agregó una visión más amplia de elegancia y refinamiento dentro de la simplicidad.











