Un lugar lleno de nostalgia y preparados de los platos de la nonna, Enoteca Maria es un restaurante ubicado en Staten Island, que brilla por su autenticidad. Este lugar surgió en el 2009 de la mano de Jody Scaravella, una inmigrante italiana que, movida por el deseo de homenajear a su abuela fallecida, creó este lugar especial donde las cocineras son “abuelitas”.
En un principio solo eran “nonnas italianas”, pero con el tiempo se diversificó, expandiéndose para integrar abuelas de más de 30 países como Nigeria, Grecia, Siria, Venezuela y Pakistán, manteniendo vivas recetas tradicionales que han pasado de generación en generación.
El impacto de Enoteca Maria va más allá de lo gastronómico. Para muchas de estas abuelas, a menudo inmigrantes que se sienten invisibles en una ciudad tan vertiginosa como Nueva York, el restaurante es un escenario de reivindicación. Aquí, su edad no es un límite, sino su mayor activo. Se sienten valoradas, escuchadas y celebradas.


El ambiente del local refleja esta calidez. No es raro ver a los clientes asomarse a la cocina para abrazar a la cocinera o pedirle una foto. Es, literalmente, como ir a comer a casa de alguien que te ha echado de menos.


Lo que empezó como un tributo a la cultura italo-americana pronto se desbordó. Scaravella se dio cuenta de que la nostalgia y la sabiduría culinaria no conocían fronteras. Así nació el proyecto “Nonnas of the World” (Abuelas del Mundo), expandiendo su plantilla para incluir a mujeres de todas las nacionalidades.


Un menú exquisito lleno de cultura y nostalgia
Aquí, cada noche es un espectáculo, siempre hay un menú fijo de cocina tradicional italiana, mientras que hay otro de cada región del mundo, dependiendo de la “nonna” invitada que cocine esa noche. Un grupo de abuelas que seleccionan ingredientes frescos con un enfoque en el sazón casero tradicional de cada nación, logrando cautivar por completo el paladar del comensal.
Un miércoles puedes degustar un ossobuco tradicional, mientras que el jueves la cocina se llena de los aromas del plov uzbeko, los pierogis polacos o un picante mohinga de Myanmar.


Estas mujeres no son cocineras profesionales; son bibliotecarias vivientes. Muchas de ellas utilizan recetas que nunca han sido escritas, transmitidas oralmente por generaciones. Cocinan “a ojo”, confiando en el tacto y el olfato más que en las balanzas de precisión. Llevan consigo ingredientes específicos o técnicas regionales que están desapareciendo en sus países de origen. Observarlas mientras están en plena preparación es ver una historia en movimiento que atrae a los clientes y los llena de nostalgia.


Este rincón ha captado la atención de comensales desde Asia y Europa que llegan a Estados Unidos solo para probar un bocado lleno de cultura, sabor y sentimientos reales de la comida artesanal y exótica.



