Desde muy pequeña, Cindy Haché descubrió que los espacios podían transformar estados de ánimo, contar historias sin palabras y, en muchos casos, sanar. Aquella niña que redibujaba los planos de su casa y soñaba con reinventar los rincones cotidianos, creció para convertirse en una arquitecta que entiende su oficio como una forma de conexión profunda entre la estética, la energía y la espiritualidad. “La arquitectura no solo es técnica, sino una forma de sanar, de conectar y de elevar la energía de quienes la habitan”, confiesa al hablar de sus primeros pasos en esta carrera que, más que profesión, se ha convertido en su propósito de vida.
Su trayectoria ha sido una evolución constante entre la belleza formal y la búsqueda del sentido. Comenzó diseñando espacios residenciales y, con el tiempo, su talento la llevó a incursionar en proyectos de hospitalidad y comerciales. Cada uno le enseñó que la verdadera arquitectura nace del alma del lugar y de las personas que lo ocuparán. Esa visión, sensible y coherente, es la que ha marcado sus proyectos más emblemáticos, entre ellos SBG, Shibuya y Bachata Rosa, tres espacios que, aunque muy distintos entre sí, comparten un hilo invisible: el equilibrio entre emoción, forma y energía.
“Todo espacio tiene un espíritu que espera ser revelado”, explica. Y es justamente esa premisa la que define su filosofía de diseño. En cada obra busca que la estética dialogue con la experiencia, que los materiales respiren y la luz natural se convierta en protagonista. Su lenguaje visual integra geometrías sagradas, texturas orgánicas y una narrativa sensorial que invita a sentir. “Más allá de estilos, busco equilibrio. Me interesa crear lugares que cuenten historias y que conecten a las personas con algo más grande que ellas mismas”.
Pero si algo caracteriza su trayectoria es su capacidad para trabajar en armonía con otros talentos. Para ella, la arquitectura es un acto de colaboración y escucha. “Cada proyecto es una sinfonía de talentos”, afirma. “He tenido la fortuna de colaborar con chefs, artistas y diseñadores que entienden que el diseño no se trata solo de belleza, sino de atmósfera”. En estos procesos creativos compartidos, las ideas fluyen, se entrelazan y dan vida a experiencias sensoriales completas, donde lo visual, lo emocional y lo espiritual convergen en un solo lenguaje.
Hoy, tras haber dejado su huella en algunos de los proyectos más reconocidos del país, mira hacia el futuro con una mezcla de introspección y ambición. “Estoy en una etapa de expansión interior y profesional”, asegura. Su mirada está puesta en proyectos con propósito, donde la arquitectura dialogue con la educación, la naturaleza y la conciencia. Entre sus próximos sueños está SPARK, una iniciativa sin fines de lucro orientada a despertar el genio interior de niños en situación de calle, utilizando el arte, la tecnología y la energía del diseño como herramientas de transformación.
Además, planea internacionalizar su firma, llevando su visión de arquitectura sagrada y sustentable a nuevos contextos, especialmente en el ámbito residencial y de bienestar. “Creo profundamente que el futuro de la arquitectura está en diseñar con propósito”, concluye. Y es precisamente ese propósito el de inspirar, elevar y transformar a través del espacio el que convierte su trabajo en una forma de arte viva, emocional y luminosa.
En cada línea, en cada textura y en cada rincón que diseña, esta arquitecta reafirma una convicción: los espacios pueden cambiar vidas cuando se crean desde el alma.



