Cuando hablamos de El regreso del hijo pródigo, nos referimos a la pieza de arte pintada al óleo por Rembrandt van Rijn. La obra está expuesta en el Museo del Hermitage de San Petersburgo, una de las últimas piezas del pintor. Rembrandt la pintó en el año 1668 tan solo un año antes de su muerte; muchos historiadores de arte la consideran su “testamento espiritual”
El cuadro no representa toda la historia como está escrita en las Sagradas Escrituras; solo bastó un instante para capturar toda la esencia en el lienzo: el instante exacto del reencuentro, el hijo de rodillas y de espaldas al espectador, apoyando la cabeza contra el pecho de su padre, un momento muy emotivo que captura el sentimiento del vínculo padre e hijo.
La figura del joven es lo que más conmueve, va descalzo, con las sandalias deshechas, la ropa desgarrada y la cabeza rapada; como un prisionero o un mendigo. Señales que retratan la degradación y los malos tratos por los que pasó lejos de casa.
El padre, ciego o casi ciego según algunas lecturas, lo envuelve con las dos manos, y ahí está uno de los detalles más comentados de toda la historia del arte: Rembrandt le pintó una mano masculina y una mano femenina, como si el gesto condensara a la vez el perdón paterno y el abrazo materno.
Alrededor de esa escena central, entre las sombras, aparecen otras figuras casi disueltas en la oscuridad: se cree que una de ellas es el hermano mayor, de pie, rígido, observando la escena sin acercarse, cargando el resentimiento que el propio relato bíblico deja sin resolver.
La técnica
Es una obra tardía dentro de la producción de Rembrandt, y se nota en el tratamiento: pinceladas sueltas, empastes gruesos, una paleta reducida de ocres, marrones y rojos oscuros que concentra toda la luz sobre el abrazo mientras el resto del lienzo se hunde en la penumbra. Esa técnica, típica de su última etapa, prioriza la emoción por sobre el detalle narrativo, y es justamente lo que le da a la escena esa intimidad casi silenciosa.
Por qué se volvió un ícono
Además de su valor pictórico, la obra tiene una carga biográfica que muchos críticos no dejan de señalar: Rembrandt la pintó en un momento de ruina personal, después de haber enterrado a varias de sus parejas e hijos y de haber atravesado la bancarrota. Se suele leer el cuadro como una reflexión del propio pintor sobre el perdón y el regreso, más que como una simple ilustración religiosa.
Su fama creció además gracias a un texto no pictórico, el ensayo del sacerdote y escritor Henri Nouwen, El regreso del hijo pródigo, publicado en 1992, donde reflexiona sobre la pintura a partir de su propia experiencia frente al original en el Hermitage, y termina proponiendo una lectura donde el espectador puede identificarse con los tres personajes del cuadro: el hijo menor, el hermano mayor y el padre.



