La cámara lista, una tijera en mano y la ciudad desplegándose como escenario. Así se construye el universo creativo de Rich McCor, donde cada destino deja de ser simplemente un lugar para convertirse en una oportunidad. Su propuesta no persigue la postal perfecta, sino la inesperada: esa que surge cuando un recorte de papel negro dialoga con el paisaje y lo transforma por completo.
McCor ha logrado algo poco común en la era de la inmediatez: sorprender. Sus intervenciones juegan con la perspectiva, el humor y la precisión, dando nueva vida a íconos que creíamos conocer de memoria. La Torre Eiffel puede convertirse en el objeto más cotidiano, mientras que el Big Ben o el London Eye se integran en escenas donde lo real y lo imaginado conviven sin esfuerzo. No hay artificios digitales complejos; todo sucede en el instante justo, en el encuadre preciso.


Detrás de cada imagen hay un proceso casi coreográfico. McCor observa, camina, prueba ángulos, corta y ajusta hasta que la ilusión encaja con el entorno. Es un trabajo que requiere paciencia y una sensibilidad especial para detectar esas coincidencias visuales que pasan desapercibidas para la mayoría. En ese sentido, su obra también habla del tiempo: del tiempo que se toma para crear y del tiempo que invita al espectador a dedicarle a cada imagen.
Más que una técnica, su trabajo revela una forma de viajar. Para él, moverse de un lugar a otro no implica únicamente descubrir, sino reinterpretar. Hay en su proceso una pausa consciente, una invitación a observar con detenimiento aquello que muchas veces pasa desapercibido. Cada ciudad se convierte en un lienzo abierto, y cada intervención en un recordatorio de que la creatividad no depende de grandes recursos, sino de una mirada distinta.




En el contexto de una edición dedicada al viaje, su obra resuena con especial fuerza. Porque viajar también es eso: aprender a ver de nuevo. No se trata solo de acumular destinos, sino de construir historias propias a partir de ellos. McCor captura ese espíritu con una ligereza encantadora, donde el juego se vuelve protagonista y la sorpresa, un hilo conductor constante.
Esa frase parece sintetizar la esencia de su trabajo. Cada intervención funciona como una pausa dentro del ritmo acelerado del turismo contemporáneo, recordándonos que no todo tiene que ser inmediato ni evidente. Sus imágenes invitan a quedarse un poco más, a explorar los detalles y a encontrar belleza en lo inesperado.




Sus composiciones, además, tienen algo profundamente universal. No importa si el espectador ha estado o no en esos lugares; la conexión ocurre desde la imaginación. Hay un lenguaje visual accesible, casi infantil en su capacidad de juego, que despierta curiosidad y provoca una sonrisa. Es ahí donde su trabajo trasciende la fotografía de viajes tradicional y se convierte en una experiencia compartida.
La creatividad de McCor
En manos de Rich McCor, el viaje deja de ser un recorrido lineal para convertirse en un ejercicio creativo, donde cada parada es una excusa para imaginar algo nuevo. Sus postales no documentan únicamente lugares; capturan momentos donde la realidad se permite, aunque sea por un instante, ser reinterpretada. Y quizás ahí radica su mayor encanto: en recordarnos que siempre existe otra forma —más ligera, más libre— de mirar el mundo.








