TACONES CERCANOS.

Salimos del cine la mar de contentos, mi padre, mi buena amiga Ana, y yo. Fuimos a ver la película “La La Land, Ciudad de Estrellas” por tres poderosas razones: ha batido récord de nominaciones para los premios Óscar 2017, recupera la maravillosa costumbre del musical y, por si fuera poco, la pareja protagonista no puede ser más linda y carismática. Nuestros comentarios posteriores, botella de vino mediante, fueron bastante heterogéneos.
Mi padre, un verdadero entendido en música, no hacía más que enumerar títulos de las muchas canciones con las que el filme homenajea a los grandes del jazz universal (Miles Davis, Louis Armstrong, John Coltrane, Charlie Parker); mi buena amiga Ana, con los pies inquietos rozando el suelo, proponía irnos a bailar y “casi levitar” como la bella Emma Stone y el guapísimo Ryan Gosling; y yo, no paraba de darle vuelta a dos conceptos que en la película y, a veces en la vida, no parecen formar una dupla venturosa: los sueños personales y el amor.
Para pasar de puntillas por el spoiler, y no destriparles la ilusión revelando demasiados detalles, me voy a ceñir a describir brevemente el argumento. “La la Land Ciudad de Estrellas” narra la historia de Mía y Sebastián, dos jóvenes que se conocen en la ciudad de Los Ángeles, precisamente en el momento en el que ella sueña con ser una gran actriz mientras trabaja como camarera en una cafetería de unos importantes estudios de cine, y él sobrevive tocando al piano música B en pequeños tugurios con la esperanza de poder, algún día, tener su propio club en el que recuperar el jazz más puro.
El camino de los jóvenes en busca de sus sueños es empinado, lleno de honduras, complicaciones, decepciones y deseos de tirar la toalla; aunque, paralelamente, va surgiendo entre ellos el amor más sincero, que consigue contrarrestar la tristeza del fracaso, que sirve de ungüento para las rozaduras de las caídas, que amortigua cada uno de los golpes cotidianos e insufla la energía necesaria para seguir luchando hasta que… (y aquí me detengo, pues prefiero lidiar con mi insoportable deseo de “contarlo todo” que con el odio de mis querido lectores).
Me van a tener que otorgar la licencia de compartir con ustedes las reflexiones que me atacaron a raíz de la película “La La Land”. Cuando se escucha hablar sobre una joven pareja que está muy unida persiguiendo sus sueños… no puedo evitar preguntarme: ¿el sueño de quién andan persiguiendo? ¿El de los dos? ¿Tienen el mismo sueño, acaso? ¿Van por turnos? ¿Primero logramos mi sueño y luego, si eso, vamos tras el tuyo?
Porque, señores, en la vida y en la película, parece incompatible dejarse la piel persiguiendo un sueño que requiere todo tu esfuerzo y atención y, además, ser el compañero perfecto, siempre dispuesto para apoyar al ser amado en sus altas y en sus bajas, aplaudiendo un logro o conteniendo un fracaso… y, si bajamos muchos peldaños en el ranking de aspiraciones y nos vamos a lo doméstico, el resultado es aún mucho más desesperanzador: si uno anda persiguiendo un sueño con total fruición: ¿se acuerda de los aniversarios, cumpleaños y fiestas en general? ¿Tiene tiempo para caerle bien a los suegros y a los cuñados? ¿Puede asistir a las reuniones del colegio de los hijos, de la comunidad de vecinos, o simplemente programar una barbacoa un sábado por la tarde?
Visto así se me ocurren tres posibilidades: la primera consiste en que durante una primera cita romántica se confiesen de inmediato los sueños personales (“quiero ser actriz”, “me gustaría ser madre”, “deseo vivir frente al mar”, “sueño con ser astronauta”), y si son compatibles con los sueños personales del otro pues ¡pa’lante!; la segunda, que se busque concienzudamente alguien escaso en sueños personales que se sume al suyo como compañero ideal de viaje (el mundo de la literatura, la música, el cine y el empresarial están llenos de estos casos); y la tercera, emparejarse justo en esa edad madura en la que o se han cumplido los sueños personales o se han encajado muy bien los reveses del destino, y se puede ser feliz al lado de una persona plenamente realizada o medianamente frustrada.
Pero, por encima de todas las cosas, es importante evitar los arrepentimientos (“y si hubiese apostado por el amor ahora tendría una hermosa familia, “y si hubiese apostado por mi vocación hoy estaría tan orgullosa de mí misma”), porque cada elección es una renuncia que no debe convertirse en una incómoda piedra en el zapato que nos impida disfrutar de lo que sí hemos hecho, y a pulso, de nuestras propias vidas.
EDITORIAL.



