Entrevista: Maria Amelia Cerón Victoria Fotógrafo: Abdiel Céspedes
En esta entrevista, Nelly Azar se revela tal como es: una mujer guiada por la memoria emocional, la belleza de los detalles y la magia de las tradiciones. Sus relatos evocan aromas cálidos, mesas encendidas por la nostalgia y gestos que abrazan sin palabras. Entre recetas que viajan de generación en generación, rituales familiares y la elegancia aprendida desde niña, Nelly comparte la esencia de su oficio: embellecer la vida para quienes ama y crear momentos que permanecen en el alma. En cada respuesta se siente su delicadeza, su humanidad y esa manera tan suya de convertir la Navidad en un acto de gratitud, luz y celebración.
“Un anfitrión correcto cumple: recibe, sirve y organiza. Pero un anfitrión memorable siente”.


En esta época en la que la memoria se enciende con aromas, colores y pequeños rituales, conversamos con Nelly Azar, una mujer cuya vida ha estado siempre ligada al arte de recibir, de celebrar y de transformar lo cotidiano en algo profundamente significativo. Su mirada sobre la Navidad es una mezcla delicada de nostalgia, tradición y sensibilidad. Un viaje que comienza en las mesas de su infancia, donde el aroma a canela anunciaba la llegada de diciembre, y continúa hoy en los detalles que comparte con su propia familia.
Para Nelly, cada gesto —una receta heredada, un mantel perfectamente planchado, una flor escogida con intención— es una manera silenciosa de decir “te quiero” y de construir momentos que permanecen en el alma mucho después de que las luces se apaguen. En su universo, la belleza no es un adorno, es un lenguaje emocional, una forma de honrar la vida y agradecer por ella. Antes de entrar en sus recuerdos más íntimos y en esas confesiones que atraviesan sabores, rituales y despedidas, la invitamos a abrir su corazón y contarnos qué hace de estas fechas un tiempo tan luminoso, tan vulnerable y tan profundamente humano.
Ritmo: Cuando piensas en la Navidad, ¿qué es lo primero que despierta tu memoria sensorial: un aroma, un sabor, un sonido…, y por qué?
Nelly Azar Lumia: Cuando pienso en la Navidad, lo primero que despierta mi memoria sensorial es un aroma y un sabor. Para mí, esta época huele a canela y sabe a manzanas, peras y uvas. En mi infancia, estas frutas solo llegaban en diciembre y su aparición era como un anuncio silencioso de que la temporada más esperada del año había comenzado.
De ahí nació una de las recetas más queridas en mi familia: las manzanas en almíbar con canela. Cuando se cocinaban en la olla, la casa entera se llenaba de ese aroma cálido y festivo que envolvía todo con alegría y expectativa. Era un olor que invitaba a reunirse, a acercarse a la mesa, a sentir que algo especial estaba por suceder.
Con los años, ese postre se convirtió en el favorito de mis hijos. Javier, que no es precisamente cocinero, se llevó la receta cuando se mudó a España y, cada vez que puede, la prepara para sus amigos. A todos les encanta.
Me conmueve ver cómo una tradición tan sencilla viaja, se comparte y sigue viva en otras mesas, incluso lejos de casa.




“Mi deseo para quienes me leen es que encuentren razones para sonreír, motivos para agradecer y la certeza de que cada día guarda una pequeña chispa de belleza”.
R: Eres reconocida por transformar cada celebración en una experiencia emocional. ¿Cuál consideras que es la clave para que una mesa navideña no solo sea hermosa, sino también profundamente humana?
NAL: Para mí, una mesa profundamente humana es aquella que se vive y se recuerda. No nace de la perfección, sino de los detalles pensados con amor para dar la bienvenida y hacer sentir bien. Siempre he creído que, muchas veces, el amor entra por los ojos: nos deslumbra, nos seduce, y una mesa bien puesta tiene ese poder.
A veces basta un gesto pequeño: un plato que evoca a alguien querido, una flor que lleva el nombre de una abuela o la comida favorita de un invitado, para que todo tome un significado distinto. Son esos pellizcos íntimos, casi secretos, los que transforman una cena en un momento profundamente humano.




R: Tu incursión en la gastronomía y en el protocolo tiene un sello muy tuyo: delicadeza, orden y encanto. ¿En qué momento descubriste que querías dedicarte a embellecer la vida de los demás a través de estos dos universos?
NAL: Un día, mientras ayudaba a mi mamá a preparar la mesa para la comida familiar de los domingos, lo descubrí sin saberlo todavía. Recuerdo sus rosas frescas, que cuidaba toda la semana para llenar de color los floreros de la casa, y recuerdo también cómo me enseñaba no solo los secretos de la cocina, sino el arte de planchar un mantel bordado y lograr que cada copa de cristal brillara con perfección. Esa atención amorosa a los detalles, paciente, bella, intencionada…, era, en realidad, su manera de decirnos que nos amaba.
Crecí en una familia ligada al mundo diplomático, donde la etiqueta, la cortesía y el protocolo formaban parte natural de la vida. Era un lenguaje silencioso que se aprendía observando. Con el tiempo, igual que con la gastronomía, quise profundizar en ese mundo y estudiarlo formalmente, para convertir en disciplina aquello que, en casa, había sido una forma de vivir.
Fue entonces cuando comprendí que, a través de una mesa puesta con esmero, de un gesto de elegancia o de un plato preparado con alma, podía embellecer la vida de los demás. Desde ese momento supe que ese sería mi camino.






“Son esos pellizcos íntimos, casi secretos, los que transforman una cena en un momento profundamente humano”.
R: La mesa perfecta no existe, pero sí existen mesas inolvidables. ¿Qué tres elementos son, para ti, absolutamente imprescindibles al montar una mesa de fin de año?
NAL: Una vajilla con historia, los cubiertos de plata heredados de mi abuela y unos buenos candelabros de cristal francés con las velas encendidas.
R: Cada familia tiene ritos que marcan la temporada. ¿Cuál es el ritual navideño que más atesoras y que te transporta a tu infancia?
NAL: La espera de Santa Claus en la víspera de Navidad. Recuerdo intentar quedarme despierta para verlo, pero, entre los juegos con mis primos y tanta emoción, siempre terminaba rendida antes de tiempo. Nunca conseguí verlo poner los regalos (risas).
Con mis hijos fui un paso más allá: Logramos que Santa llegara temprano y entregara los regalos en persona. Todavía hoy sonrío cuando veo sus caritas de felicidad en las fotos de aquellos días.




«A veces basta un gesto pequeño para que todo tome un significado distinto».
R: En tu experiencia, ¿qué determina la diferencia entre un anfitrión correcto y un anfitrión memorable?
NAL: Un anfitrión correcto cumple: recibe, sirve y organiza.
Pero un anfitrión memorable siente. Es quien observa sin invadir, quien nota si alguien prefiere agua antes que vino, si necesita un asiento más cómodo o si un plato especial le haría ilusión. Es quien recuerda la comida favorita de un invitado, una pequeña alergia, una preferencia discreta…, y sorprende con un gesto que nadie pidió, pero todos agradecen.
El anfitrión memorable crea un ambiente donde la gente se relaja, conversa, se ríe y se siente cuidada. No deslumbra: acoge. Y al final, esa sensación de bienestar, de estar exactamente en el lugar correcto, es lo que permanece en la memoria mucho después de que todo haya pasado.




R: Navidad también es indulgencia culinaria. ¿Qué plato tuyo se ha convertido en tradición familiar, ese que “si no lo hace Nelly, no sabe igual”?
NAL: La verdad, esta pregunta siempre me causa risa porque, siendo chef, ¡en teoría todo lo que cocino debería ser el favorito de mi familia! (risas). Pero si hablamos estrictamente de Navidad, la competencia se vuelve difícil.
Entre el pastel de maíz que esperan cada año, mi jamón al vino Marsala que llena la casa de un aroma inconfundible y las manzanas en almíbar, que ya son casi un patrimonio familiar, tendríamos que votar para escoger uno.
Lo cierto es que cada plato tiene su propia historia y un lugar en nuestra mesa. Pero, si me obligan a elegir, diría que las manzanas en almíbar siempre ganan, por cariño y porque mis hijos, y también mi esposo, no conciben una Navidad sin ellas.


R: Para quienes sienten presión al recibir en casa durante las fiestas, ¿qué consejo práctico les darías para lograr un ambiente cálido sin complicarse?
NAL: Diría, antes que nada, que no hay nada más liberador que “complicarse” un poco en la logística, para luego relajarse y disfrutar. Cuando uno organiza con tiempo, el día del evento fluye con una armonía deliciosa.
A mí me funciona, y lo recomiendo siempre: Planificar cada detalle con antelación; el menú elegido con una semana de margen, un listado de compras bien hecho, algunos platos que puedan prepararse el día anterior y la mesa montada desde la mañana, o incluso desde la noche previa. Esa preparación crea una especie de “colchón emocional” que te permite recibir a tus invitados con calma, sin prisas ni estrés, y dedicarte de lleno a lo verdaderamente importante: conversar, brindar, disfrutar.
También ayuda pensar en gestos pequeños que generen calidez sin esfuerzo: velas encendidas, una música suave, servilletas de tela bien puestas, un detalle personalizado que diga “pensé en ti”. Esas pequeñas delicadezas no complican y cambian por completo el ambiente. Mi consejo final: Planifica como una profesional para poder disfrutar como una invitada más.




R: La estética tiene un poder emocional enorme. ¿Qué color, textura o elemento decorativo consideras que define tu sello personal durante estas fechas?
NAL: Aunque disfruto como niña la Navidad tradicional con rojos y verdes, con los años he aprendido a enamorarme de los dorados y plateados. Hoy, me dejo llevar por los brillos, las luces y los candelabros de cristal y plata.
Creo que mi estilo es justamente esa mezcla: el encanto clásico de mis primeras Navidades y la sofisticación luminosa que he ido abrazando con el tiempo.
R: Si pudieras encapsular en una frase lo que significa “celebrar”, ¿cuál sería?
NAL: Celebrar es agradecer por la vida mientras la estamos viviendo, llenarla de alegría y convertir cada momento en un recuerdo feliz.


R: Has creado arreglos y mesas que cuentan historias. ¿Cuál fue la historia más linda que has contado a través de un montaje navideño?
NAL: Sin duda, una de las historias más lindas ocurrió en la primera Navidad que pasé junto a mi esposo, Dave. Él cumple años en diciembre y, aquella vez, celebramos en Santo Domingo. Quise sorprenderlo con una mesa que fuera a la vez navideña y de cumpleaños, pensada especialmente para él.
Preparé su comida favorita y un bizcocho dominicano que mi hija Ana Amelia horneó con enorme entusiasmo. La mesa tenía gorros, confeti, globos de fiesta…, cantidad de detalles que fui agregando espontáneamente y que, al final, armonizaron de manera hermosa.
Lo más lindo fue su expresión al entrar: Esa mezcla de sorpresa y alegría que hace que todo esfuerzo valga la pena.




R: Al cerrar el año, ¿qué aprendizaje te gustaría llevar contigo y qué deseo te gustaría regalarle a tus lectores para el próximo?
NAL: Este año me recordó que la vida siempre nos ofrece un delicado equilibrio entre luz y sombra. Ha sido un año lleno de motivos inmensos para agradecer: la boda de mi hijo, el milagro de los bebés que han llegado a nuestras familias, los momentos compartidos alrededor de la mesa y en nuestra casa…, pero también un año con despedidas que han dejado un silencio profundo.
Aun así, incluso en la tristeza, siento un agradecimiento inmenso por el privilegio de haber tenido a esos seres de luz en nuestras vidas, aunque hoy ya no estén. Mi deseo para quienes me leen es que encuentren razones para sonreír, motivos para agradecer y la certeza de que cada día guarda una pequeña chispa de belleza, incluso en los momentos más simples. Que el próximo año llegue cargado de amor, salud y encuentros que dejen huella.




Confesiones íntimas
Un color…
El azul, ese tono que me transmite calma y la sensación de un horizonte abierto.
Temporada del año…
La primavera, cuando la vida se renueva y todo florece con esperanza.
Un libro…
¿A qué sabe?, mi propio viaje entre recuerdos, sabores y las historias que han marcado mi vida.
Un aroma…
El de mis hijos al nacer, tan puro y único, que quedó grabado para siempre en la memoria de mi corazón.
Una canción…
Strangers in the Night. La escuché por primera vez de niña, viendo a Frank Sinatra cantar en Altos de Chavón. Nunca pensé que, años después, se convertiría en la melodía que Dave y yo compartimos, casi como si hubiera estado esperándonos.
Familia es…
Mi refugio, la certeza de que siempre hay un lugar donde puedo volver.
Navidad o fin de año…
Navidad. Su luz, su alegría y ese calor que solo se entiende en familia.
Un postre…
Manzanas en almíbar. Una receta heredada, parte de mi historia y también parte de las páginas de ¿A qué sabe?
«Para mí, esta época huele a canela y sabe a manzanas, peras y uvas”.



